Ha pasado poco más de dos semanas desde el fuerte impacto de los terremotos del 24 de junio en Venezuela. La tierra finalmente ha dejado de moverse con fuerza, las réplicas están disminuyendo, poco a poco. Sin embargo, para miles de personas, el verdadero sismo comenzó cuando todo lo demás quedó en silencio.
Es una consulta constante en mi espacio de psicoterapia: «Mirla, el piso ya no se mueve, pero yo siento que sigo temblando por dentro», «No puedo dormir relajado, me despierto sobresaltado», «Me siento completamente agotado, como si no tuviera fuerzas para nada».
Si te identificas con esto, quiero que respires profundo y leas con atención: no estás perdiendo la cabeza, ni eres una persona débil. Tu cuerpo está viviendo el colapso invisible del trauma, y hoy vamos a entender exactamente por qué te pasa esto y cómo podemos desactivar esa alarma interna a tiempo.
Durante los primeros días posteriores al terremoto, tu mente y tu cuerpo entraron en un estado de “anestesia biológica”. La amígdala cerebral se apoderó de tus funciones e inundó tu torrente sanguíneo de cortisol y adrenalina para una sola misión: mantenerte con vida. En ese momento no había espacio para procesar el dolor, el miedo o el cansancio; tenías que actuar, proteger a los tuyos y buscar refugio.
A las dos semanas, cuando el peligro inminente empieza a retroceder, la adrenalina cae a cero de forma súbita. Es aquí donde ocurre la verdadera “resaca del trauma”. El cansancio crónico, los dolores musculares y la necesidad de llorar sin una razón aparente son las vías naturales que tiene tu organismo para drenar el estrés acumulado.
Mientras algunas personas experimentan una constante hipervigilancia, insomnio o ansiedad, otras se encuentran en un estado de aparente calma, sumergidas en el activismo de ayudar a los demás.
Si te sientes abrumado, o si por el contrario te notas extrañamente “frío” o anestesiado, es fundamental que sepas que estás experimentando una reacción normal ante una situación completamente anormal.

En la psicología clínica, este periodo inicial (que abarca desde los tres días hasta el primer mes posterior al evento) se conoce como Trastorno de Estrés Agudo (TEA). No es una enfermedad; es tu mente y tu cuerpo intentando procesar un impacto masivo.
Comprender qué le pasa a nuestro sistema nervioso en esta etapa es el primer paso para evitar que este malestar se cronifique y se convierta, a largo plazo, en un Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).
Lo que experimenta la mayoría de la población tras un desastre natural no es una enfermedad mental; es una respuesta normal ante un evento muy destructivo. Clínicamente, esto se conoce como Trastorno por Estrés Agudo (TEA), y suele manifestarse a través de estos síntomas:
Es muy común confundir estos dos términos, pero entender su diferencia es vital para saber cómo actuar y cuándo buscar apoyo clínico formal. Podemos diferenciar ambas realidades a través de tres aspectos clave:
Una de las consultas más frecuentes estos días es: “¿Por qué siento una presión inmensa en el pecho, pero por más que lo intento no puedo llorar?” o “¿Por qué mi familiar solo está haciendo cosas sin parar pero parece no sentir nada?”.
La neurociencia actual, y específicamente la Teoría Polivagal, nos enseña que ante un peligro extremo nuestro sistema nervioso autónomo no solo elije entre luchar o huir.
Cuando la mente percibe que el peligro supera nuestra capacidad de respuesta inmediata, se activa un mecanismo de supervivencia ancestral: el congelamiento o disociación.
La presión en el pecho y el bloqueo emocional no son una muestra de fortaleza ni de indiferencia; son una anestesia fisiológica. Tu amígdala cerebral ha enviado la señal de que el entorno aún no es 100% seguro. Para protegerte del colapso emocional y permitirte seguir operando (limpiando, ayudando o cuidando a otros), tu sistema nervioso “apaga” temporalmente la capacidad de sentir y drenar.
El llanto y la relajación profunda requieren que se active la rama parasimpática de nuestro cuerpo, algo que es biológicamente imposible mientras el organismo se sienta bajo amenaza.
Si estás bloqueado, tu cuerpo te está protegiendo; no te presiones.
¿Por qué es tan urgente hablar de esto precisamente hoy, a dos semanas del terremoto? Porque nos encontramos en la ventana de oro de la salud mental.
Si durante estas primeras cuatro semanas ignoramos lo que siente el cuerpo, nos sobreexponemos a noticias trágicas o intentamos “tapar” el llanto y la ansiedad con sedantes sin control médico, el cerebro fijará el trauma de forma permanente. Pasados los 30 días, el Estrés Agudo corre el riesgo de convertirse en un Estrés Postraumático crónico. Estamos en el momento exacto de intervenir para prevenirlo.
Para ayudar a tu sistema nervioso a entender que el peligro ya pasó y que es seguro volver a conectar con tus emociones, puedes poner en práctica las siguientes estrategias y recomendaciones:
Valida tu Ritmo y expresión de tus emociones
No te exijas llorar si tu cuerpo no está listo. Crea un espacio seguro, silencioso y cómodo para ti. Cuando tu sistema nervioso verifique que el entorno es seguro, las lágrimas y el desahogo llegarán de forma natural. Pero si quieres hablar de lo que te ocurrió y llorar, puedes darte el permiso, no bloquees el llanto.
Si te sientes extremadamente tenso, acelerado o, por el contrario, “congelado”, o si estás en el grupo de los que no paran de “hacer cosas”, date permiso para realizar pausas breves, es un espacio apartado.
Puedes estirar los brazos o caminar descalzo un momento, pero la clave está en realizar la sacudida:
Ponte de pie y comienza a agitar suavemente tus manos, luego tus brazos, tus piernas y finalmente todo el cuerpo durante uno o dos minutos, como si te estuvieras quitando gotas de agua de la piel.
¿Por qué funciona? En la naturaleza, cuando un animal escapa de un depredador, lo primero que hace al estar a salvo es sacudirse vigorosamente.
Esto no es un temblor de miedo; es un mecanismo biológico para descargar el exceso de adrenalina y cortisol acumulado en los músculos durante la respuesta de lucha o huida. Al sacudirte conscientemente, le envías una señal clara al tallo cerebral de que la amenaza ha terminado, permitiendo que el sistema nervioso complete el ciclo del estrés y comience a relajarse.
El cerebro post-trauma odia la incertidumbre. El cerebro se calma con las rutinas. Intenta mantener horarios fijos para tus comidas, mantente muy bien hidratado (el estrés deshidrata el organismo) y realiza ejercicios de respiración y relajación antes de dormir.
Hay muchos ejercicios de respiración que te pueden ayudar. En mi guía de primeros auxilios psicológicos te compartí un modelo detallado, pero hoy podemos aplicar esta variante simple:
Inhala profundamente en 4 tiempos, retén el aire durante 2 tiempos y exhala muy despacio por la boca durante 8 tiempos, asegurándote de descansar unos segundos antes de iniciar el siguiente ciclo.
La regla de oro es sencilla: la acción de botar el aire siempre debe ser más larga que la de inhalar. Biológicamente, esto activa el nervio vago, el encargado de enviar la señal de calma y relajación a todo tu organismo.
Repite este ciclo las veces que necesites, hasta que te sientas en calma.
Para realizarla, cruza tus manos frente a tu pecho y entrelaza tus dedos pulgares, formando así el cuerpo de una mariposa.
Coloca tus manos sobre el pecho, justo debajo de las clavículas, de modo que tus dedos apunten hacia tus hombros.
Cierra los ojos o mantén la mirada en un punto fijo, y comienza a dar pequeños golpes suaves y alternados con tus manos (izquierda, derecha, izquierda, derecha), imitando el aleteo de una mariposa.
Sincroniza este movimiento con una respiración lenta y profunda.

¿Por qué funciona científicamente? Al dar golpecitos de forma alternada en ambos lados del cuerpo, estás aplicando lo que en neurociencia se conoce como estimulación bilateral pasiva.
Este ritmo táctil activa alternadamente los hemisferios izquierdo y derecho de tu cerebro. Al hacerlo, se ayuda a la corteza prefrontal a procesar la carga emocional atrapada en la amígdala, se reduce de inmediato la hiperactividad de la amígdala (el centro del miedo) reduciendo y trayendo una sensación de contención.
El acto de traducir el caos emocional a palabras escritas activa la corteza prefrontal izquierda, ayudando a organizar el relato y a sacarlo del área puramente emocional y caótica (el sistema límbico).
Estar cerca de personas que mantienen la calma, escuchar voces pausadas, recibir un abrazo contenedor o mirar rostros amigables le avisa al sistema nervioso autónomo: “Estás a salvo, puedes bajar la guardia”. El aislamiento, por el contrario, perpetúa la señal biológica de que estás desprotegido en territorio hostil.
Ver videos repetitivos del sismo o leer noticias alarmistas constantemente reactiva la alarma de tu amígdala cerebral. Evita revisar redes sociales o ver videos de la destrucción antes de dormir. Tu cerebro subcortical no entiende la diferencia entre un video pasado y la realidad actual; al ver las imágenes, asume que estás bajo ataque nuevamente, saboteando por completo tu sueño reparador.
Infórmate solo una o dos veces al día a través de fuentes oficiales y evita la sobreexposición.
Cuando dormimos profundamente, nuestro cerebro entra en una fase llamada sueño REM, su trabajo durante la noche es ordenar lo que vivimos y guardar los recuerdos en el “archivo del pasado” para que pueda ir procesando lo vivido en el presente.
Si te cuesta dormir ayúdate con infusiones relajantes y
ejercicios sencillos de respiración y relajación al acostarte.
Si ha pasado más de un mes desde el evento y notas que el miedo no disminuye, sino que se agudiza (no puedes salir a la calle, tienes ataques de pánico repetitivos o revives el sismo con la misma intensidad física del primer día), el abordaje debe cambiar:
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